Y
una multitud sedienta de sangre le azotó, le escupió, sus bocas llenas de
injusticia e inquisidoras maltrataron al maestro, ciegos irrumpieron contra
Jesús vulnerando su intimidad, cuando Él solo quería regalar salvación.
Un
pueblo que entre burlas, azotes, patadas y demás creía ganarse el respeto y el
valor de aquellos sumos sacerdotes, hombres equivocados que ultrajaron la virtud más
grande de mi maestro, hombres que sin piedad nunca fueron capaces de cargar su
cruz, hombres insensatos que en su vana manera de vivir lanzaron juicios sin
fundamento en contra de mi Cristo, hombres que dejaron absorber su aliento por
la desgracia.
¡Mi
Rey, mi Cristo, mi Señor!
Cruento
dolor sufriste, dolor que recuerda lo sensible de mí ser, y aún así cargaste tu
cruz. Desgastado estabas y en secreto no dabas más, caíste a tierra y con ojos
de amor continuabas mirando a quienes te golpeaban, puesto en pie, sin pensarlo estuviste dispuesto a cumplir la voluntad del Padre, ¡Todo por nosotros! ¿Cómo ha sido posible esto?
No
hay amor más grande que dar la vida por los amigos (Jn 15:13)
Me
cuesta escribir esta historia de dolor, me cuesta imaginar el sufrimiento ante
cada martillazo, mi alma destrozada tiende a no sentir compasión, ¡Señor, solo
no lo merecías! Sangre derramaba, polvo en tus heridas y un madero sembrado.
Luz
que yergue mi camino, esperanza que aclara mí mente, misericordia que edifica
mi corazón.
Existe
un hombre, un maestro, que lo dio todo por ti, no dudo en darlo todo y en una cruz redimió
nuestros pecados, dándonos la libertad que el mundo nunca podrá otorgarnos.

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