“Y habló Jehová a Moisés aquel mismo día, diciendo:
Sube a este monte de Abarim, al monte Nebo, situado en la tierra de Moab que
está frente a Jericó, y mira la tierra de Canaán, que yo doy por heredad a los
hijos de Israel” Deuteronomio 32:48-49
Cuando leo en Biblia, la historia de Moisés, y especialmente su final, me deja un sabor bastante amargo.
Moisés, siendo hebreo,
había sido criado en Egipto, siendo preparado con lo mejor de esta tierra para
ocupar un cargo de autoridad. Sin embargo, en un momento se vio obligado a
dejar este lugar de privilegio, a causa de una mala decisión. Moisés, un hombre
con un corazón manso, había matado un hombre egipcio y esto le llevó a tener
que huir, por temor a un castigo.
En este proceso Dios le
entregó una misión tremendamente grande; libertar a su pueblo de la esclavitud.
Él no se sentía preparado por problemas de tartamudez, hasta que finalmente
acepta lo que Dios le estaba encomendando.
Pero nada fue fácil para
Moisés, fueron cuarenta años interminables de desierto. Conviviendo con la
queja y la murmuración de su pueblo. El mismo había visto una y otra vez el
respaldo de Dios, dándoles cada día el maná, haciendo brotar agua del desierto,
abriendo el mar rojo para que el pueblo pudiera pasar a salvo y volviéndolo a
cerrar para eliminar al enemigo que los perseguía. Tampoco podemos olvidar la
nube durante el día y la columna de fuego por la noche. De otra manera el pueblo de Dios hubiera
perecido en el desierto a causa del calor y el frío.
A pesar de todo esto el
pueblo de Dios dudaba y murmuraba ante cada prueba, y lo hacían no solo contra
Dios, sino que iban con todos sus reclamos delante de Moisés. Me imagino que
difícil situación para este líder, que además de vencer los gigantes personales
de temor, complejos, dudas y excusas, tuvo que soportar la constante queja y
desánimo del pueblo.
Este líder de Israel
venía bien pero en un momento, tuvo una mala reacción que desagradó a Dios, y
esta actitud, le costó el no poder entrar en la tierra prometida, sólo le fue
permitido verla de lejos. Qué pena, para Moisés, con todo lo que aguantó, con
todo lo que hizo, se quedó con el casi… casi entra en la tierra prometida, pero
tuvo que conformarse con verla de lejos.
Tal vez la reflexión que
podemos hacer de este relato, sería “el casi no te sirve…..” casi obtengo un
título universitario, sólo me faltaron unas materias…. casi permito que Dios
cambie mi carácter, casi me convierto… casi obedezco a Dios con ese llamado… estuve
a punto de hablarle a esa persona que tengo que pedirle perdón, pero no lo
hice…
Cuantas veces hicimos casi todo… pero nos
quedamos a mitad de camino, viendo de lejos las promesas que Dios nos dio.
Renuncia al desánimo, a la murmuración, a la queja y a todo sentimiento que te
hace pensar en bajar los brazos y abandonar. Esta carrera de la fe no es de los
que corren sino de los que llegan a la meta.
Que hoy podamos tomar la decisión de alcanzar los objetivos que nos
hemos propuesto en el Señor, definitivamente el casi no nos sirve.

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