Un bien implacable

La travesía era extensa, mientras más me adentraba en el frío bosque empecé a cuestionarme si en realidad encontraría la salida, de lo que no me daba cuenta era que nadaba en la espesura de mis pecados tratando de hallar en ellos la salida a mis necesidades, ¡que perdido estaba! La ceguera de mis ojos me impedía vislumbrar la esencia de lo realmente importante. Transcurrido un largo tiempo, me detuve a la orilla de un lugar que al parecer era mi única opción, sin darme cuenta, estaba tomando la peor de mis decisiones, no percibía que estaba por ingresar al sótano de mi pecado, allí, donde la niebla me amenazaría de frente y yo solo entendería mi defensa como un acto heroico.

Entré en lo secreto de este lugar, cansado, asfixiado, triste y frustrado. Me senté en un mueble que se veía de lo más hermoso que había visto, mis ojos centelleaban al encontrar un poco de descanso; el miedo por ingresar a un lugar abandonado no se paseaba por mi mente y las fuerzas de mi corazón parecía no reprocharlo en lo absoluto. Pasadas algunas horas de descanso sentí la necesidad de observar un poco aquel lugar, no sé porque me parecía conocido, pues algunos accesorios que mis manos palpaban me recordaban pensamientos que había vivido, mientras más observaba, más sentía recordar mi antigua vida. Escuché que algo cayó. No tenía ni idea si asustarme o enfrentar con valor a aquel momento, observé con detenimiento y allí en el otro extremo del pasillo por el que había cruzado estaba una silueta oscura que me amenazaba con quitarme la vida. Respuesta inmediata a tal evento fue correr, pero, ¿correr hacia dónde?... Ubiqué la puerta por la que había entrado, pero esta se encontraba cerrada, asustado recordé que la paga del pecado era la muerte, ¿Por qué pensar en esto? ¿Por qué no pensar en algo más positivo? Me detuve de forzar la cerradura de aquella puerta que no lograba abrir, la silueta negra y tenebrosa expresa sonidos nunca antes escuchados por mis oídos, no era fácil pensar que hasta allí había llegado.

Sopesé la situación, puse en la balanza de mi eternidad mis actos buenos frente a mis actos malos, mmm me sentía en desventaja, sabía que mis últimos días no habían sido los más fieles, olvidé por completo que la luz vencía las tinieblas, olvidé que yo era la sal, olvidé ser santo, tanto como Él me lo había demandado… La oscuridad de mis pensamientos dominaban mis emociones haciéndome caer en el terror de la muerte, no paraba de recordar que aquella sombra me quería muerto; no me explico la necesidad de caminar por la orilla, supe en ese momento que la profundidad, que el adentrarme no era tan malo como haber caminado tantos años de mi vida por la orilla, pero de nada servía darme golpes de pecho en medio de una situación nefasta, sin embargo, clamé por misericordia, sabía a quien me dirigía, lo que no tenía claro era si estaba siendo escuchado, aun así, repetí con insistencia “Señor perdóname”… Mis ojos cerrados y la postura de mi cuerpo sollozaban en su interior por una oportunidad más, no me preguntes por qué o cómo sucedió, pero la cerradura crujió y fue destrabada, corrí lo más que pude, hasta donde mis alientos me dieron las fuerzas. Caminaba de regreso a la orilla, de repente miré atrás y aquella silueta oscura me perseguía, el bosque frío era el marco de mi película sombría, el miedo me había hecho olvidar las palabras que hace un instante había gritado con tanta insistencia.

Eran aproximadamente las 2 de la tarde de aquel lunes implacable, la luz del día no alcanzaba a penetrar la cruda espesura de aquel bosque frío, con los hallazgos vividos en ese momento y al observar que aquella sombra oscura no se alejaba pensé en no huir más, pues, si mi oración o clamor había sido escuchado era porque Dios me tendía una vez más la mano. Con decisión enfrente la orilla de mi camino y con determinación me adentré en lo profundo del bosque, me armé de valor y un poco de lodo que tomé de la tierra húmeda y vacía, sabía que la orilla era mi pecado que me hacía caminar por la cornisa de mi evangelio desierto, así que una vez identificado mi temor comencé a dar pasos en búsqueda de la silueta oscura y lúgubre, la divisé en el extremo de aquel campo cubierto por la humedad del bosque, me miraba con detenimiento, no parecía temerme, levantaba su mano izquierda y de esta salían figuras nada agradables, alcancé a ver como una de ellas dibujaba en el aire con suaves trazos color negro mi nombre y a su lado derecho relataba con crudeza “me perteneces”. Me asusté, se llenó de miedo mi corazón, pero no podía desfallecer, en medio de la situación poco afortunada recordé: “Sé valiente, no temas ni desmayes, porque yo estoy contigo”, fueron las afirmaciones más grandiosas que estaba sintiendo, sentí como mi corazón ardía una vez más con fuertes destellos que salían de mis manos, sabía que Él estaba en mí, sin dudarlo levanté mis manos al cielo, el lodo que las cubrían cayó al instante formando raíces firmes como árbol bien plantado; en el otro extremo de aquel campo la silueta que me atemorizaba parecía retroceder, era el momento de atacar; con grandes zancadas subía aquel terreno, mientras con decisión la silueta se abalanzaba sobre mí, ella, la silueta oscura y tenebrosa sabía a quien se enfrentaba, pero no iba a desistir solo por unos destellos que salían de mis manos. Nos encontrábamos a unos 10 metros el uno del otro cuando aquella silueta se detuvo, me sorprendí por tal decisión, ¿acaso, sabía que perdería? ¿acaso, podría vencerme? Cruzamos nuestras miradas, la sombra levantó su brazo derecho, me rindo profirió con una voz grave, algo dentro de mi dijo, “inaceptable”, debes morir. Sabía que era la voz de Dios la que actuaba con tanto valor, “piedad” gritó desde las sombras aquella silueta, “inaceptable” determinó mi voz, debes pagar… La silueta en un acto casi heroico trató con engaños de llegar a mí, pero yo sabía que el pecado solo quería consentirme una vez más y no pretendía darle de nuevo un lugar en mi corazón. Alcé mi rostro al cielo, apenas observaba el azul de este, la silueta resolutiva aprovechó para atacarme si tener presente que no era yo, era Dios; intentó traspasar mi corazón con su negro aliento cuando descendieron destellos aun más fuertes que los que cubrían mis manos, abrí mis ojos, ya no estaba, se había ido, di media vuelta, no la hallé, ¿vencí? Con seguridad Él lo había hecho a través de mí. 

Sus destellos me acompañaron de vuelta a casa, atrás había quedado la dura batalla del bien contra el mal, donde el bien fue el implacable vencedor.

Autor
Fernando Henao

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