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Ohh que noche especial… Dios rasgó los cielos y dejó caer todas sus bendiciones; podía palpar, sentir y disfrutar de cada voz que se elevaba a los cielos, fue una noche refrescante para mi espíritu, sentía como el fuego de Dios consumía toda grieta en quien le alababa, el fluir de su espíritu era grandioso, creo que en esta faceta no lo había visto a Él, solo le dije antes de comenzar: Dios, perdóname y abre los cielos, y así fue… una luz incandescente a lo lejos reflejaba con toda fuerza y allí podía sentir como mi Señor se deleitaba con la adoración de sus hijos, y sus hijos se esforzaban por darle todo su ser, ellos con fuerza cantaban y danzaban en su presencia, ardían las llamas en sus corazones con todo furor, algo fantasioso pasaba por mi cabeza, pero estoy seguro que era Él. Transcurrida parte de la noche solo nos deleitábamos en alzar nuestras voces y danzar para nuestro Rey, por un instante abrí mis ojos y pude ver adoradores con corazones limpios y en fuego, y me reía, no podía creer lo que mis ojos estaban viendo, cerré mis ojos y le dije, esto es para ti… con gozo se entonaba cada bella canción, sin importar quien cantara más bonito o más alto cada uno disfrutaba a su manera y no habiendo más espacio los jóvenes, tus jóvenes se tomaron los pasillos y a danzar se dijo, que bonito se veía, cuando abría mis ojos sentía que estábamos penetrando toda barrera que se nos cruzaba por delante, rompíamos con todo atadura, este era mi deleite, ver como corazones aun maltratados por las fuerzas de las tinieblas se rasgaban y se ofrendaban con fidelidad a ti mi buen Dios.
La noche se hacía cada vez más hermosa aun pasada por
tus bellas lágrimas de alegría que decimos llamar lluvia, hacía un calor
impresionante pero no había nada que controlara el fuego del espíritu ni el
calor en tu templo, pero así seguíamos cantando y danzando en tu presencia,
nuestras palabras de alegría y nuestros llantos de agradecimiento corrían a
borbotones por esas mejillas dejando al alcance tu gloria. Y con más alegría
nuestras voces se levantaban para ti, con más fuerza mi voz declaraba a los
cielos bendición para su pueblo, y fueron contagiados con tu infinito poder
haciendo del momento el más hermoso y fantástico vivido por mi ser.
De repente nuestros corazones gritaban con fuerte voz
“gózate”; podía observar y sentir como estos jóvenes disfrutaban una vez más en
tu presencia, levantaban su corazón y sin mucho más que decirte exaltaban tu
nombre, tu gloria se hacía visible en cada persona que adoraba con
sensibilidad, que dejaba a un lado los pretextos, dificultades y temores para
darte una ofrenda digna de ser recibida…
La noche no fue más que un océano de sorpresas, donde
todos tus hijos se reencontraron con aquel padre justo, santo y digno de toda
gloria… Así fue como aquella noche penetró el valle de las tinieblas, lo cruzó
y se levantó en lo alto para ondear su bandera en son de victoria…
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Fernando Henao
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